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No todo fue malo

El consumo per capita de energía creció exponencialmente desde principios del siglo XX hasta bien entrados en los años 70's, ahí, derrepente, dejó de crecer y sí, ya lo sabéis, lo sabemos, lo saben todos: todo cambió.

Fué una década durísima con dos crisis del petróleo. Tatcher y Reagan, por nombrar dos al azar, llegaron al poder.

Fue el fin del petróleo fácil y barato. Se empujaron las fronteras de exploración al Mar del Norte, al Golfo de México, Alaska y se pasó el mal trago con unos cientos de miles de muertos aquí, millones de desplazados allá, asfixiados por la crisis en todas partes y la consciencia tranquila.

Casi, pero no todo fue malo. Ivan Illich describió de la manera más hermosa lo podrido que está el progreso, lo limitado que es el desarrollo. Andre Gorz todavía no se había suicidado y había gente aún capaz de imaginar el fin del capitalismo sin incluir el fin del mundo.

El tiempo pasó y lo que parecía crisis se hizo normalidad. Lo que era normal se hizo lujo. En 1998 el barril llegó a bajar de los 10 dolares, 10 dolares... y el espejismo de la abundancia...

Y se tocó fondo... Entonces Venezuela y América Latina con el último cartucho socialista y las torres y la guerra de nuevo en el Golfo. Asia Central, el nuevo pico del crudo convencional en 2005 y el precio se disparó para colapsar en 2008. Y de nuevo miles de muertos, cientos de miles de desplazados. Suicidos y el cementerio del Mediterráneo. La guerra en África. La crisis, más millones de sacrificados por la sobreexplotación de todo y sin alternativas. China es ahora el canario en la mina... en Yemen y en Libia ya no hay a donde huir..

Casi pero no todo fue malo. Al tiempo casi los zapatistas, que empezaron siendo 14 dieron el golpe, luego Bookchin resucitó en el Kurdistán Sirio y al rato nosotras... nosotras tuvimos el nodo.

Curva exponencial

Las curvas exponenciales tienen una belleza atípica, imposible, rítmica.

Una sensibilidad al cambio primero imperceptible y luego inabarcable.

Parecen realmente capaces de seguir tendiendo al infinito.

Si sigues una de estas curvas con el dedo, y en el eje “y” tienes el tiempo medido en días, pasas con suavidad del dos al cuatro y luego del cuatro al ocho y te parece razonable para dos días. Pero en una semana vas ya por

ciento veintiocho

cajas de navajas y el dedo que sigue la curva se desplaza cada vez más hacia arriba por cada unidad de desplazamiento hacia la derecha.

Tienes sesenta y cuatro veces más de lo que sea y tras otra semana tendrías

diez y seis mil trescientos ochenta y cuatro

y en el día treinta de este experimento habrías llegado ya a, toma asiento,

mil millones setenta y tres millones setecientos cuarenta y un mil ochocientos veinticuatro

granos de arroz o de sal. Estas cerca de no saber como pronunciar la siguiente cifra y por su puesto el dedo que seguía la curva ha dejado de hacerlo. El papel hace tiempo que se quedó pequeño.

Si el primer día hubiera sido el uno de enero de dos mil quince para la primera semana de febrero que acaba el domingo ocho, tendríamos

doscientos setenta y cuatro mil millones ochocientos setenta y siete millones novecientos seis mil novecientos cuarenta y cuatro

peones de ajedrez o de obra.

Para el miércoles siguiente

cuatro billones trescientos noventa y ocho mil millones cuarenta y seis millones quinientos once mil ciento cuatro.

A partir de aquí cualquier calculadora convencional empieza a usar la notación científica, esa forma de invisibilizar la desmesurada longitud del espacio que ocupan los números, bien expresados en letras o en sí mismos, con lo que se pierde perspectiva justo cuando estas intentando llegar a finales de febrero de un año que, afortunado, no es bisiesto.

El jueves que ya es diecinueve es la primera vez que dudas ¿se dice mil billones o un trillón? ¿qué es un trillón? ¿un millón de billónes o un billón de billones? Diferentes idiomas usan, a estas alturas, diferentes reglas y ¿de qué se te ocurre que podrías tener

mil ciento veinticuatro billones ochocientos noventa y nueve mil millones novecientos seis millones ochocientos cuarenta y dos mil seiscientos veinticuatro?

¿granos de arena? ¿ilusiones rotas de las que lo han perdido todo? ¿algo con valor?

Y llegas al final de febrero exhausto, tras solo dos meses que han sido interminables y esto es lo que tienes:

quinientos setenta y cinco mil billones, novecientos cuarenta y ocho billones setecientos cincuenta y dos mil millones, ciento sesenta y cinco millones cuatrocientos veintitres mil cuatrocientos ochenta y ocho...

Y justo delante nada.

Poemas III: Drama

El petróleo es una sustancia viscosa, densa… cada vez lo es más.

Las arenas bituminosas de Canadá, por ejemplo, ni siquiera fluyen por si solas, hay que diluirlas en hidrocarburos más livianos para poder utilizarlas.

Por eso, el petróleo cuando lo tocas te atrapa. Si entras en él te cubre y te rodea. Si escribes sobre él te paraliza, sus vapores te adormecen.

Cuando lo estudias, es para medir la profundidad del charco en el que estamos. La velocidad a la que nos hundimos. Considerar la tasa de declive de los grandes campos de Dakota del Norte, equivaldría, en tu estudio, a medir la distancia que hay entre la superficie del charco y nuestro cuello.

Cuando entiendes la linearización de Hubbert (si es que llegas a entenderla), la usas solo para hacer aproximaciones cada vez más acertadas y describir en mayor detalle las consecuencias del declive.

Si vas má allá es para seguir hundiéndote en esa masa de gravedad API cada vez más baja. Nunca, en ningun caso, es para buscar salidas.

Cuando empiezas, por fin, a hacer arte de este drama en lugar de escapar, es cuando ya todo esta perdido…

Poemas II: Decepción

Decepción

Tal vez compartamos una sensación:
el vergonzoso alivio que da creer que todo esto tiene que tener, necesariamente, un final estrepitoso. Un final caótico, redentor… pacificador. Un final del que nos salvemos solo tu y sobretodo yo. Tal vez esa certeza cínica, trágica, mezquina sea compartida.

Me levanto cada mañana y los días en que la bolsa cae con fuerza,
o cuando el precio del Barril de Brent se dispara o se hunde,
o hay disturbios en tal o cual ciudad cada vez más cerca del centro y cada vez más fuertes,
me avalanzo sobre la pantalla y trato de encontrar los rastros que deja el desastre
en la prensa generalista primero y luego en la más alternativa.

Constato la desaceleraión de China, la caída de todas las commodities, reviso los últimos datos de la sequía en Sao Paulo y California. Los disturbios en Managua, en Beirut, la guerra en Siria, el caos en Yemen.

Reviso con recelo a Mearns, que no cree tanto en el cambio climático, y a Mushalik que dice que ya está aquí por fin el máximo de extracción anual. A Greer, sí, incluso a él… escribo mi propia crónica del desastre predecible y localizado, me revuelco, me retuerzo… Respiro. Compruebo, no sin dolor, que todo seguirá igual, que esto es más doloroso por lo lento que por lo trágico. Que esperamos tanto del apocalipsis y el apocalipsis siempre decepciona.