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Taladros y pensamiento mágico

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Click en la imagen para ver reporte de Campetrol

Segun Campetrol los taladros activos en Colombia en marzo de 2016 eran 20, un 77% menos que en marzo de 2015 y  33 taladros menos que en enero de 2016. Un verdadero colapso. Si hay 254 taladros disponibles, como dice Campetrol esto quiere decir que un 92% o bien no estan taladrando o bien no sabemos que están haciendo.

Hay departamentos petroleros como Cundinamarca donde ya no hay ni un solo taladro en funcionamiento, y en el Meta que es de donde están los mayores campos del país apenas hay dos.
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Esto esta completamente en línea con lo que pasa en el resto del mundo, como vemos en el post de abril de Vital Statistics de Energy Matters:

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O en este post de Peak Oil Barrel, (solo desde 2013 pero incluyendo también los taladros de gas)

BH Total World

No quiero ser repetitivo, pero las consecuencias sobre la producción se están notando ya, con la caída de más de 100.000 barriles desde que se llegó al pico de producción mensual de 1.035.000 barriles al día en enero de 2015. Esto es una caída superior al 10% anual, que de repetirse nos pondrá en los 800 mil barriles díarios de producción a finales de año.

Esto, no es ninguna novedad, todo el mundo lo sabe. Todo el mundo sabe que si no hay exploración no aumentará la producción. Y para que haya exploración hay que invertir plata, mucha plata. Por eso Colombia se va a pescar inversión extranjera, por eso el FMI alerta sobre riesgos para la economía colombiana, por eso cada vez se acerca más el uso del fracking en Colombia.

Así se expresa la sabiduría convencional: “si aumenta la inversión aumentará la exploración y por tanto la producción de petróleo”. Todo el mundo parece pensar que esta es la clave para que Colombia no se quede sin reservas de petroleo ni sin la capacidad de exportar y por lo tanto no tenga que afrontar los problemas que eso supondría.

Ahora bien esta no es ni la única ni la mejor forma de ver las cosas. La diferencia entre mi enfoque y ese es abismal. Esta afirmación, este manta es, si lo piensa uno con atención, un sinsentido. Más allá de la “logica económica” que pretendan ver quienes la enuncian, esta frase solo tendría sentido en una facultad de economía. En el mundo real es un absurdo.

Haré una analogía para entendernos: Hay un vaso lleno de agua y una persona que quiere beber. Para beber tiene que inclinar el vaso. (No creo que haga falta aclararlo pero el agua representa al petróleo, el vaso al pozo petrolero y su inclinación a la inversión en extracción). Bien, pues la cantidad de agua que puede beber la persona en cuestión no depende tanto de la inclinación del vaso como de la cantidad de agua que este contiene. Obviamente para sacarla hay que inclinar el vaso, pero cuando el vaso pasa de 46º de inclinación, no hay nada más que hacer. Ponerlo boca abajo no cambiará nada. No hay más.

Según la lógica económica la cantidad de petróleo que hay es una función de la cantidad de inversión y de la exploración. Esto es pensamiento mágico. Equivale a decir que para sacar más agua del vaso solo tenemos que inclinarlo más, siempre más. Equivale a decir que el hecho de que necesitemos el petróleo y que lo busquemos lo suficiente hará que aparezca, independientemente de la geología, de la física y de los límites duros de todo tipo que implican el hecho de que NADA DE LO QUE HAY EN LA TIERRA ES INFINITO. Pero sobretodo pone de manifiesto un antropocentrismo increíble: la cantidad de petróleo que hay depende de nosotros, los humanos. Sacaremos tanto petróleo como deseemos siempre que lo intentemos lo suficiente. La naturaleza, las leyes de la física y la geología solo pueden responder a nuestras peticiones. Este es el problema que en realidad tenemos.

Y este tipo de pensamiento mágico es el que presentan instituciones tan injustamente respetadas como el Banco de la República:

 el reto de asegurar los niveles de producción actuales y mantener la relevancia del sector en el conjunto de la economía es difícil de cumplir, dado que es indispensable que las actividades de exploración y explotación de crudo registren el nivel y dinámica de la inversión observada entre 2011 y 2014, lo cual, al parecer al menos en el corto plazo, es poco probable ante las circunstancias actuales y las que se esperan se sigan manteniendo.

Osea que si se mantuviera para siempre el nivel y la dinámica de inversión observada entre 2011 y 2014 Colombia no dejaría nunca de producir un millón de barriles. ¿si mantenemos el vaso lo suficientemente inclinado nunca dejará de salir la misma cantidad de agua?

La realidad es muy diferente, como todxs podemos comprobar, y podría enunciarse mucho más certeramente de la siguiente forma: Cada vez hace falta más inversión y más exploración para mantener niveles decrecientes de extracción. Es lo que se conoce como la ley de los rendimientos decrecientes. En el caso del vaso la cuestión es obvia, cada vez hay que inclinarlo más para que salga cada vez menos agua…

Ignorar este hecho esta teniendo ya consecuencias dramáticas.

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Nunca seremos Europa

Esta semana he estado leyendo el libro “Desarrollo Humano y Ética de la Sostenibilidad” de Antonio Elizalde. Es una obra bastante accesible acerca de las diferentes perspectivas sobre la satisfacción de necesidades. Elizalde desglosa hábilmente lo que entendemos como necesidades en tres partes: Necesidades, Satisfactores y Bienes:

Las necesidades humanas fudnamentales son universales, es decir, son y han sido las mismas para todos los seres humanos a lo largo de la historia y de las culturas.

Los satisfactores son las formas historicas y culturales mediante las cuales damos cuenta de nuestras necesidades humanas fuandamentales. Son la historización de nuestras necesidades (…) constituyen la interfaz entre lo que es la exterioridad y la interioridad, entre los bienes y las necesidades fundamentales.

Los bienes son los artefactos materiales de la cultura, y son fundamentalmente pura exterioridad, son objetos o cosas que potencian la capacidad de los satisfactores para poder dar cuenta de la necesidad. (…) Por definición, un bien es algo de tipo material, algo concreto y, consecuentemente, tiene un peso entrópico. De modo tal que grava al sistema mayor, que es el de la vida, de la biosfera. (pag. 54-55)

Para Elizalde, Max-Neef y Hopenhayn las necesidades básicas son 9:

subsistencia, protección, afecto, entendimiento, creación, participación, ocio, identidad y libertad. (pag. 55).

Este planteamiento se entiende mejor cuando se compara esta teoría con el punto de vista oficial del desarrollismo (un punto de vista que da suporte ideológico al sistema de producción capitalista y a la ideología liberal): las necesidades humanas son infinitas, ilimitadas y siempre crecientes; por tanto satisfacerlas depende en último término de ser capaces de producir más y más cosas que cumplan este fin, algo, por otra parte, paradojicamente inalcanzable.

¿Como se generalizó esta visión? La modernidad, la perfectibilidad humana, el postivismo, la concepción lineal de la historia… tal vez, pero desde luego la impresión de que llevamos 200 años (desde que se empezó a usar el primer combustible fósil a escala industrial) es decir desde la revolución industrial, creciendo sin parar, nos ha hecho pensar que podríamos seguir haciendolo indefinidamente y que todo el mundo podría llegar a tener de todo, literalmente de todo. Y la única justificación más o menos legítima para semejante empresa es que hacerlo es la única forma de satisfacer las necesidades de las personas y por tanto darles acceso en última instancia a la felicidad, aunque sea en la forma mercantilizada y vacía que vemos por televisión.

Durante bastante tiempo esta concepción, esta narrativa y hasta cierto punto, una forma parcial de realizarla se ha ido extendiendo, de forma que parecía que el estado del bienestar a la europea o el sueño americano, más liberal, eran accesibles a todos. Esto por supuesto no es así, para la mayoría de las personas del mundo el nivel de vida que representa el sueño americano (una casa en propiedad en los suburbios de una gran ciudad, uno o más automoviles, una cocina equipada con todos los electrodomésticos y últimamente, un set completo de aparatos electrónicos) o el del estado del bienestar europeo (educación y sanidad gratuita, vivienda pública y además libertad empresarial) son solo modelos a los que aspirar. En Colombia lo sabemos bien, eso ni es ni será nunca la generalidad. El nivel de consumo que llevan los países en los que dichos modelos tienen un mayor grado de implantación no es extrapolable.

La huella ecológica

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Este es el mapa de la huella ecológica de cada país en Hectáreas Globales, una medida de territorio estandar de los recursos necesarios para producir todo lo que una sociedad consume y absorber todos los desechos que haciendolo, genera. No voy a explicarlo en profundidad (podría ser un post entero) pero vale la pena mencionar que de media, los más de 7 mil millones de personas que hay disponen de menos de 2 hectáreas globales de territorio. Los colores más oscuros significan que se consumen más hectareas globales. Entre 5 y 8, en países como Australia, Estados Unidos, Dinamarca, Suecia, Canadá, Suiza, Finlandia, más de 3, el resto de países de la OCDE, Libia, Arabia Saudí… Entre 2 y 3, Brasil, Argentina, Sudáfrica, China, y por debajo, los que consumen dentro de lo que sería extrapolable a toda población sin superar la capacidad de la tierra están basicamente los países pobres y muy pobres, es decir, la mayoría de África, el Sudeste Asiático, Centroamérica y parte de Sudamérica.

Countries with a high level of human development tend to have higher Ecological Footprints. The challenge is for countries to increase their human development while keeping their Footprint down to globally sustainable levels. Living Planet Report, 2014 p. 12

La biocapacidad y el déficit ecológico

Cada territorio tiene una biocapacidad, que también se puede medir en la medida estandar de Hectáreas Globales. Esto está estrechamente ligado al tmaño de cada país: Estados Unidos, Rusia, Canadá, Brasil… son países con gran biocapacidad.

A la diferencia entre la biocapacidad y la huella ecológica se le denomina déficit (o superávit) ecológico. Para que unos países puedan tener déficit ecológico, como es el caso de casi toda Europa, Norteamérica y gran parte de Asia, otros (básicamente África) tiene que tener superávit.

Nunca seremos Europa

La gestión del déficit y el superávit es un juego de suma cero. En el mundo ideal de la economía medioambienta, en la que los recursos son capital natural, se comercia con el superávit cambiando biodiversidad, capacidad de absorción de residuos o sobreexplotación por dinero. Un análisis histórico, social y crítico desvelaría como la apropiación de los recursos naturales ha sido posible solo gracias a procesos de invasión, colonización, explotación y expoliación del norte global hacia el sur global.

Tanto el sueño americano como el estado del bienestar típicamente europeo, se construyeron en el periodo siguiente a la segunda guerra mundial, cuando unos tenían colonizada a parte de África y Asia y otros empezaban su cruzada neocolonialista especialmente en su patio trasero para luego extenderla por todo el mundo. Solo estra apropiación a través de diferentes procesos de dominación, casi siempre violentos, permitió desarrollar estos modelos productivos y estos estándares de consumo disparatados. Muchos de los recursos expoliados son no renovables a escala humana y no reciclables, como el petróleo, el gas o el carbón, otros tampoco son renovables, pero si son reciclables, al menos en parte, como muchos minerales, y otros son renovables si no se extinguen y no se supera su capacidad de regeneración, como la fauna y la flora. Sin duda lo mejor ya se ha ido.

Los mega-yacimientos de petróleo como Cantarel en México o Gawar en Arabia son campos descubiertos hace décadas de los que se sigue beneficiendo básicamente la parte de la población que consume más recursos, incluso si no está en el país que posee estas riquezas. La energía disponible para el supuesto desarrollo que supuestamente tendrán que tener los países que hoy no son, pero quieren ser como Europa, son frustrantemente escasos, difíciles de extraer y mucho más contaminantes que los anteriores. Y no, no serán suficientes para que países como Colombia, México, Brasil o China, lleguen a tener nunca un estado del bienestar como el Suizo, Sueco o Canadiense, ni para llegar al sueño americano.

El problema

Permitanme, cambiar de estilo por esta vez.  Aveces los argumentos se explican mejor de forma literaria que con un ensayo. Aquí va el primer cuento sobre el desastre: El Problema.

El problema

No había grandes cosas, ni grandes casas. La ciudad más cercana estaba a varios kilómetros por un camino que torturaba las piernas y las ruedas de quienes intentaban entrar o salir. Algunas familias tenían tierras, otras pocas no tenían más que una casa pequeña y vieja. Pequeñas y viejas eran también las abuelas que pasaban las tardes haciendo guardia enfrente de la casa de Marina hoy o de Clara. Había un lago al otro lado de la montaña que había al norte al que no se prestaba mucha atención. La lluvia hasta entonces regaba con suficiencia la tierra. Hacía ya años que la guerra había terminado y la prosperidad estaba llamando a la puerta de quien quisiera escuchar. Aunque muchos otros pueblos ya habían atendido a esa llamada y crecían con rapidez, Río Frío casi nunca quería escuchar.

Algo pasó. Durante un año hidrológico entero las nubes pasaron sin dejar una sola gota de agua. No fue un gran problema en el pueblo. Las reservas y los viajes esporádicos al lago fueron suficientes para superarlo con holgura. El agua que consumieron en el pueblo fue muy inferior a la habitual, pero los 80 vecinos pasaron un año diferente, regando y lavando menos, consumiendo solo lo necesario, que era, sin duda, suficiente.

Al año siguiente las lluvias fueron solo normales y las cosechas no recuperaron el ritmo que antes era habitual. Un año después las nubes pasaron dejando apenas el recuerdo de lo que era una lluvia. Durante esa década hubo años en los que lo más parecido a las tormentas de otoño era una densa niebla que no dejaba secar la ropa tendida, pero tampoco humedecía la tierra bastante. Esto se reflejó en que los esporádicos viajes al lago se hicieron más rutinarios. Esos dos kilómetros largos se hicieron un camino común. La senda que apenas lograba hacerse paso entre la hierba unos años atrás, se convirtió en ancho camino de tierra.

Los viajes eran una mezcla de tedio y compañía, cada vez más tedio que compañía. Tanto que se avivó la creatividad de algunas que, al asomarse a la ventana y ver como el trasiego de personas era constante, imaginaron una canalización que trajera el agua hasta la plaza del pueblo.

Tras un año de trabajo duro y de unos pocos sacrificios la canalización estaba lista y una fuente en el medio de la plaza decoraba las tardes tranquilas del pueblo. Gracias a los puestos de trabajo que se crearon la aburrida demografía de Río Frío cambió. La gente y el agua volvieron y estaban a mano de nuevo, casi como si las lluvias hubieran vuelto o mejor, decían algunos. Los años siguientes a la canalización fueron años tranquilos en el pueblo que se alegraba con la llegada de cada nuevo vecino.

Esto, sin embargo, hizo que el consumo de agua aumentara de forma que los días de verano más calurosos entre el consumo y la evaporación, la fuente tardaba bastante en rellenarse. Muchos vecinos hablaban ya de ampliar la canalización de nuevo y un debate se abrió acerca de si hacer otra fuente nueva o ampliar la primera. Cuando las fugas de la vieja canalización parecían hacer peligrar el suministro de agua, se optó por la ampliación.

No hubo problema en hacer frente a aquel gasto (que algunos ya llamaban inversión). La canalización se convirtió en una tubería con el doble de diámetro, se construyó una carretera que cubriría los dos kilómetros largos hasta el lago y se duplicó la capacidad de la fuente. Durante los 10 años siguientes al primer año sin lluvias la población también se duplicó, superando los 150 vecinos.

El régimen de lluvias se estabilizó de nuevo en un nivel casi igual al que había antes de la primera sequía. Pero algo más se estabilizó muy por encima del nivel que se registraba antes de aquel año sin agua: el consumo. Los riofrienses se habían acostumbrado a regar a diario sus jardines, que tenían más flores y más exóticas que nunca; a ducharse incluso dos veces al día en verano. Muchos cultivos de secano habían sido sustituidos por frutales intensivos en el uso del agua. Muchas tiendas habían abierto y limpiaban sus fachadas con cubos de agua que se dejaba caer hasta perderse por el extremo oriental del pueblo.

En unos pocos lustros la población se multiplicó por cuatro. Contaba Río Frío ahora con casi 800 habitantes. Y de nuevo hubo problemas. Esta vez no era el verano caliente, ni la falta de lluvia. Esta vez había una clara relación entre lo que hacían los ríofrienses y el nivel del agua de la fuente. Cuando llegaba el verano y se intensificaba el riego de ciertos cultivos que lo requerían, las personas que querían lavar la ropa tenían que esperar para poder recoger suficiente agua. Esto era, por su puesto, un problema. Algunos reclamaban una fuente nueva en el sur para dar servicio a las nuevas viviendas, otros se quejaban del tiempo que había pasado desde la última obra, de como los niños desperciaban el agua jugando. Algunos hombres de que las mujeres solo regaban plantas que no producían nada. Algunas mujeres criticaban en voz baja a los hombres que para ganar más dinero plantaban cada vez más. Unos y otros despreciaban a los nuevos residentes.

Las propuestas parecían una repetición calcada de las anteriores y podrían resumirse en una palabra: “más”. Más caudal en la tubería, más capacidad en la fuente o hacer una fuente más. Pero esta vez se añadió un nuevo matiz. Alguien preguntó si algunas instalaciones por su importancia deberían tener una canalización propia para no sufrir desabastecimiento, ni tener que competir con nadie por el uso de agua. La idea, aunque algunos no quisieran verlo, tenía sentido.

Cuando de nuevo el agua escaseaba se tomaron varias decisiones: reparar y ampliar la fuente principal, crear otra exactamente igual en el sur, duplicar otra vez el caudal de la tubería y añadir una tubería independiente para el centro de salud.

Este ciclo de escasez – expansión – estabilización – escasez se repitió con desigual precisión cada 7 años, a la vez que se duplicaban la población y el consumo. En cada ciclo también se ampliaba el número de instituciones que podían acceder directamente al agua del lago y poco a poco se fue sofisticando un sistema de cuotas para diferentes tipos de personas: los muy mayores, los menores, los que lo podían pagar…

Seis ciclos después del año en el que todo empezó, Río Frío tenía más habitantes que nunca que consumían más agua per capita y total que nunca. Cuando llegaron a la fase de escasez del siguiente ciclo hacía ya años que de la vida del pueblo solo quedaba el rastro que dejaban las más mayores cuando, en un ejercicio de inútil nostalgia y lucidez, se sentaban en lo que quedaba de plaza viendo pasar a la gente con sus garrafas, y decían: “esto no va a durar mucho”.

Algunos empresarios pagaban una tasa municipal sistemáticamente llevándose siempre 2 garrafas más que el resto. Incluso las familias más pobres ofrecían algunos de sus hijos menores para recoger agua para familias con más recursos cuyas cuotas estuvieran agotadas. Eran las estrategias adaptativas a una escasez de agua que se repetía. Algunas no eran ilegales, pero cuando el calor sofocaba parecían menos legítimas y los vecinos se referían a ellas como privilegios. Otras no eran legales y tampoco parecían muy legitimas y las llamaban corrupción. Cuando se superaba el año 5 de cada ciclo estas dos palabras: corrupción y privilegios, se empezaban a usar más y más a menudo para desaparecer justo después de cada obra de ampliación.

El equipo de expertas de la Concejalía de Obras Públicas estaba preparando el nuevo proyecto de ampliación y se dirigía al borde del lago donde estaba el inicio de la canalización y la tubería. Por una vez se sorprendieron. El nivel del lago era muy bajo. Al acercarse más vieron la boca de la tubería y al lado opuesto del lago uno de sus afluentes principales. Al compararlos sonrieron con suficiencia: la tubería era más grande, simétrica, más cargada de agua y más potente. De curvas perfectas, de superficie uniforme. Mejor hecha. El afluente parecía un brazo roto, inerte, deforme, por el que el agua solo se dejaba caer, sin nada de majestuosidad, llana… Esto les satisfizo. Pero había una consecuencia muy lógica que extrajeron sin dificultad: el agua salía del lago más rápido, mucho más rápido de lo que entraba. Un escalofrío. Duplicar una vez más el tamaño de la tubería sería desastroso y a la vez inútil. Se acercaron un poco más. Su semblante cambió de la sorpresa a la preocupación y luego a la indignación: al haber bajado el nivel del agua habían quedado al descubierto un par de tuberías subterráneas que nunca habían sido autorizadas. El escalofío cesó.

De inmediato volvieron al pueblo. De inmediato también se iniciaron las investigaciones, se taponaron esas tuberías y se excavó siguiéndolas para ver donde llegaban. Una de ellas desembocaba en un deposito subterráneo de la casa del responsable de planificación del ayuntamiento, la segunda a un deposito similar de un empresario vinculado familiarmente al primero. El primero se quitó la vida cuando las excavaciones se acercaban a su casa muy poco después de que el segundo desapareciera verdaderamente sin dejar un solo rastro.

El escarnio fue total y se culpó a esos dos sujetos de la escasez de agua. Maldita corrupción. Técnicamente era fácil determinar la irrelevancia de la extracción ilegal de agua en términos globales, pero el hecho de que el diámetro de sus tuberías fuera solo una fracción de la más pequeña de las tuberías legales no impidió que se usara este caso como una expiación de todo: corrupción y privilegios, decían con frustración.

La herida estaba abierta. Se les culpó de la necesidad de las obras, de los gastos (que ya no parecían inversiones). El tema se apoderó de todas las conversaciones. Las parejas e hijos de las personas afectadas fueron investigadas a fondo. En la Concejalía de Planificación se descubrieron contratos amañados, facturas sin IVA y otras ilegalidades de diferente relevancia. Repetían como un mantra que casi les hacía sentir mejor: corrupción y privilegios.

Las nuevas obras nunca llegaron, todas las fuerzas se diluyeron culpando a los nuevos vecinos, a los que decidieron hacer una segunda fuente en lugar de ampliar la primera, a las arquitectas, a los técnicos, al aumento de la población, a su posterior declive, al nuevo alcalde y al anterior, a las mujeres, a los hombres… en un ambiente enrarecido por el odio que fue tan perenne como la escasez. Y nadie, nadie quiso ver que todo el debate era inútil, irrelevante, que ese no era el problema.