Curva exponencial

Las curvas exponenciales tienen una belleza atípica, imposible, rítmica.

Una sensibilidad al cambio primero imperceptible y luego inabarcable.

Parecen realmente capaces de seguir tendiendo al infinito.

Si sigues una de estas curvas con el dedo, y en el eje “y” tienes el tiempo medido en días, pasas con suavidad del dos al cuatro y luego del cuatro al ocho y te parece razonable para dos días. Pero en una semana vas ya por

ciento veintiocho

cajas de navajas y el dedo que sigue la curva se desplaza cada vez más hacia arriba por cada unidad de desplazamiento hacia la derecha.

Tienes sesenta y cuatro veces más de lo que sea y tras otra semana tendrías

diez y seis mil trescientos ochenta y cuatro

y en el día treinta de este experimento habrías llegado ya a, toma asiento,

mil millones setenta y tres millones setecientos cuarenta y un mil ochocientos veinticuatro

granos de arroz o de sal. Estas cerca de no saber como pronunciar la siguiente cifra y por su puesto el dedo que seguía la curva ha dejado de hacerlo. El papel hace tiempo que se quedó pequeño.

Si el primer día hubiera sido el uno de enero de dos mil quince para la primera semana de febrero que acaba el domingo ocho, tendríamos

doscientos setenta y cuatro mil millones ochocientos setenta y siete millones novecientos seis mil novecientos cuarenta y cuatro

peones de ajedrez o de obra.

Para el miércoles siguiente

cuatro billones trescientos noventa y ocho mil millones cuarenta y seis millones quinientos once mil ciento cuatro.

A partir de aquí cualquier calculadora convencional empieza a usar la notación científica, esa forma de invisibilizar la desmesurada longitud del espacio que ocupan los números, bien expresados en letras o en sí mismos, con lo que se pierde perspectiva justo cuando estas intentando llegar a finales de febrero de un año que, afortunado, no es bisiesto.

El jueves que ya es diecinueve es la primera vez que dudas ¿se dice mil billones o un trillón? ¿qué es un trillón? ¿un millón de billónes o un billón de billones? Diferentes idiomas usan, a estas alturas, diferentes reglas y ¿de qué se te ocurre que podrías tener

mil ciento veinticuatro billones ochocientos noventa y nueve mil millones novecientos seis millones ochocientos cuarenta y dos mil seiscientos veinticuatro?

¿granos de arena? ¿ilusiones rotas de las que lo han perdido todo? ¿algo con valor?

Y llegas al final de febrero exhausto, tras solo dos meses que han sido interminables y esto es lo que tienes:

quinientos setenta y cinco mil billones, novecientos cuarenta y ocho billones setecientos cincuenta y dos mil millones, ciento sesenta y cinco millones cuatrocientos veintitres mil cuatrocientos ochenta y ocho...

Y justo delante nada.
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