Un futuro sin petróleo

En el último post hablabamos del pensamiento mágico. Un tipo de pensamiento que a veces está bien. Es algo así como decir: “todo es posible, no importa lo que pase, siempre hay alternativas que nos pueden sacar de los problemas que tenemos”, es un tipo de pensamiento esperanzador…, no es peor, en todo caso, que el pensamiento económico dominante desde hace más de 30 años: “There is no Alternative”, decía Tatcher para explicar que la doctrina neoliberal es la única que vale. Un tipo de pensamiento rigido que fuerza a la realidad a entrar en una caja y a quedarse ahí, ignorando, tal vez intencionadamente, que las cosas no tienen la obligación de ajustarse a nuestros deseos.

Todas las culturas tienen formas de pensamiento parecidas a estas y ambas son usadas tanto para dominar como para rebelarse. De hecho el imaginario que da sentido a la vida de las personas es un campo de batalla constante entre diferentes grupos o combinaciones de grupos que construyen relatos alternativos que pretenden ser dominantes, utilizando estas y otras logicas.

Hace unas semanas hablabamos de como el Banco de la República, entre otros grupos de la élite económica y política del país construyen un relato que hoy, sigue siendo el dominante, el que permite a mucha gente hacerse una idea de como será su futuro: “si se invierte lo suficiente se extraerá lo que necesitamos”. Algo que equivale a decir que si deseas algo lo suficiente terminará pasando. Como también dije en el anterior post la cantidad de inversión en exploración y extracción es solo una de las variables que explican la cantidad de petróleo que se extrae de un pozo, y no es la más importante. La más importante es la cantidad de petróleo que hay en ese pozo. Obviamente.

Hoy hablaremos de una idea un poco más compleja, un relato que se esta construyendo dentro del sector petrolero pero que, por razones obvias permea a toda la sociedad: que el petróleo es imprescindible para tener recursos suficientes para afrontar los retos que nos esperan, basicamente para afrontar el posconflicto y la pobreza.

Este discurso no es inocente: juega con una de las ideas que aterran a más personas en este momento: que se descarrile el proceso de paz, la idea de enfrentarse a otros 50 años de guerra no reconocida, la frustración, el fracaso, la pobreza…

No es extraño. Justificar los atropellos que genera una industria nociva, decadente y terminal requiere de argumentos que apelen a lo más bajo, a los miedos más profundos, a lo peor de cada sociedad, para justificar su supervivencia. Por desgracia en Colombia hay mucho de eso a lo que apelar.

Así funciona esto: una firma de inversión saca un informe que dice que en realidad el 92% de los campos en explotación en Colombia son rentables con precios de entre $30 y $40 por barril. Poco después una asociación gremial de bienes y servicios petroleros hace un comunicado de prensa sobre el informe y finalmente un medio de comunicación muy afin a las dos publica una noticia sobre el comunicado y además añade comentarios de nivel de colegio de primaria. Lo pueden ver aquí. Cero crítica. Cero análisis. (premio de la semana para el becario de Inteligencia Petrolera por la noticia….). No se trata de contrastar información, no se trata nisiquiera de informar. Se trata de crear un estado de opinión. Un relato que justifique los niveles de inversión, las rebajas fiscales, la “flexibilidad”… todo para tener recursos suficientes para poder hacer frente al reto de la paz… Por la paz nada es demasiado.

Pero si los campos son rentables ¿Qué justifica que se cierren campos? Pues segun este relato construido la respuesta el clara:

(…) los costos de contratación local en las regiones son excesivamente altos (…) A esto hay que sumarle los costos que generan los constantes paros y bloqueos por parte de las comunidades (en muchas ocasiones injustificados).

Así mismo, las decisiones de la Corte Constitucional que han parado las operaciones de los campos Ocelote de Hocol y Quifa de Ecopetrol (por presuntos problemas en la consulta previa), inciden en la viabilidad económica de la producción colombiana.

Costes de contratación local, paros y bloqueos de las comunidades y legislación…

Y terminan con la sentencia:

(…) el Gobierno Nacional y los regionales, el Congreso de la República y la Corte Constitucional deben estar seguros que los recursos de este sector recaudados a través de impuestos, regalías y dividendos se requieren para dinamizar el posacuerdo.

Este sector, para el  bien del país, debe ser apoyado y dinamizado, ningún otro puede proveer recursos en el corto y mediano plazo para desarrollar políticas de desarrollo económico y social de forma segura y efectiva.

La respuesta para estas personas es que las comunidades dejen de quejarse, que las administraciones locales rebajen impuestos y que se flexibilicen las leyes sobre consultas y protección ambiental. Como si las comunidades protestaran por gusto, como si con los impuestos que se cobran ahora (despues de varias rebajas ya) cubrieran de sobra los costes que genera el petróleo y el resto de actividades extractivas. Como si los derechos de las comunicades estuvieran suficientemente garantizados. Como si los problemas ecológicos que genera esta industria pudieran si quiera ser valorados económicamente.

Esta guerra por la construcción del relato dominante es muy desigual, pero a veces llegan ecos de discursos diferentes a lo más alto de la pirámide social: aquí van dos ejemplos:

La locomotora minera en Colombia: Contravía – Joan Martínez Alier

Colombia puede lograr la paz sin minería y sin petróleo: El Espectador – Julio Carrizosa Umaña

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