El problema

Permitanme, cambiar de estilo por esta vez.  Aveces los argumentos se explican mejor de forma literaria que con un ensayo. Aquí va el primer cuento sobre el desastre: El Problema.

El problema

No había grandes cosas, ni grandes casas. La ciudad más cercana estaba a varios kilómetros por un camino que torturaba las piernas y las ruedas de quienes intentaban entrar o salir. Algunas familias tenían tierras, otras pocas no tenían más que una casa pequeña y vieja. Pequeñas y viejas eran también las abuelas que pasaban las tardes haciendo guardia enfrente de la casa de Marina hoy o de Clara. Había un lago al otro lado de la montaña que había al norte al que no se prestaba mucha atención. La lluvia hasta entonces regaba con suficiencia la tierra. Hacía ya años que la guerra había terminado y la prosperidad estaba llamando a la puerta de quien quisiera escuchar. Aunque muchos otros pueblos ya habían atendido a esa llamada y crecían con rapidez, Río Frío casi nunca quería escuchar.

Algo pasó. Durante un año hidrológico entero las nubes pasaron sin dejar una sola gota de agua. No fue un gran problema en el pueblo. Las reservas y los viajes esporádicos al lago fueron suficientes para superarlo con holgura. El agua que consumieron en el pueblo fue muy inferior a la habitual, pero los 80 vecinos pasaron un año diferente, regando y lavando menos, consumiendo solo lo necesario, que era, sin duda, suficiente.

Al año siguiente las lluvias fueron solo normales y las cosechas no recuperaron el ritmo que antes era habitual. Un año después las nubes pasaron dejando apenas el recuerdo de lo que era una lluvia. Durante esa década hubo años en los que lo más parecido a las tormentas de otoño era una densa niebla que no dejaba secar la ropa tendida, pero tampoco humedecía la tierra bastante. Esto se reflejó en que los esporádicos viajes al lago se hicieron más rutinarios. Esos dos kilómetros largos se hicieron un camino común. La senda que apenas lograba hacerse paso entre la hierba unos años atrás, se convirtió en ancho camino de tierra.

Los viajes eran una mezcla de tedio y compañía, cada vez más tedio que compañía. Tanto que se avivó la creatividad de algunas que, al asomarse a la ventana y ver como el trasiego de personas era constante, imaginaron una canalización que trajera el agua hasta la plaza del pueblo.

Tras un año de trabajo duro y de unos pocos sacrificios la canalización estaba lista y una fuente en el medio de la plaza decoraba las tardes tranquilas del pueblo. Gracias a los puestos de trabajo que se crearon la aburrida demografía de Río Frío cambió. La gente y el agua volvieron y estaban a mano de nuevo, casi como si las lluvias hubieran vuelto o mejor, decían algunos. Los años siguientes a la canalización fueron años tranquilos en el pueblo que se alegraba con la llegada de cada nuevo vecino.

Esto, sin embargo, hizo que el consumo de agua aumentara de forma que los días de verano más calurosos entre el consumo y la evaporación, la fuente tardaba bastante en rellenarse. Muchos vecinos hablaban ya de ampliar la canalización de nuevo y un debate se abrió acerca de si hacer otra fuente nueva o ampliar la primera. Cuando las fugas de la vieja canalización parecían hacer peligrar el suministro de agua, se optó por la ampliación.

No hubo problema en hacer frente a aquel gasto (que algunos ya llamaban inversión). La canalización se convirtió en una tubería con el doble de diámetro, se construyó una carretera que cubriría los dos kilómetros largos hasta el lago y se duplicó la capacidad de la fuente. Durante los 10 años siguientes al primer año sin lluvias la población también se duplicó, superando los 150 vecinos.

El régimen de lluvias se estabilizó de nuevo en un nivel casi igual al que había antes de la primera sequía. Pero algo más se estabilizó muy por encima del nivel que se registraba antes de aquel año sin agua: el consumo. Los riofrienses se habían acostumbrado a regar a diario sus jardines, que tenían más flores y más exóticas que nunca; a ducharse incluso dos veces al día en verano. Muchos cultivos de secano habían sido sustituidos por frutales intensivos en el uso del agua. Muchas tiendas habían abierto y limpiaban sus fachadas con cubos de agua que se dejaba caer hasta perderse por el extremo oriental del pueblo.

En unos pocos lustros la población se multiplicó por cuatro. Contaba Río Frío ahora con casi 800 habitantes. Y de nuevo hubo problemas. Esta vez no era el verano caliente, ni la falta de lluvia. Esta vez había una clara relación entre lo que hacían los ríofrienses y el nivel del agua de la fuente. Cuando llegaba el verano y se intensificaba el riego de ciertos cultivos que lo requerían, las personas que querían lavar la ropa tenían que esperar para poder recoger suficiente agua. Esto era, por su puesto, un problema. Algunos reclamaban una fuente nueva en el sur para dar servicio a las nuevas viviendas, otros se quejaban del tiempo que había pasado desde la última obra, de como los niños desperciaban el agua jugando. Algunos hombres de que las mujeres solo regaban plantas que no producían nada. Algunas mujeres criticaban en voz baja a los hombres que para ganar más dinero plantaban cada vez más. Unos y otros despreciaban a los nuevos residentes.

Las propuestas parecían una repetición calcada de las anteriores y podrían resumirse en una palabra: “más”. Más caudal en la tubería, más capacidad en la fuente o hacer una fuente más. Pero esta vez se añadió un nuevo matiz. Alguien preguntó si algunas instalaciones por su importancia deberían tener una canalización propia para no sufrir desabastecimiento, ni tener que competir con nadie por el uso de agua. La idea, aunque algunos no quisieran verlo, tenía sentido.

Cuando de nuevo el agua escaseaba se tomaron varias decisiones: reparar y ampliar la fuente principal, crear otra exactamente igual en el sur, duplicar otra vez el caudal de la tubería y añadir una tubería independiente para el centro de salud.

Este ciclo de escasez – expansión – estabilización – escasez se repitió con desigual precisión cada 7 años, a la vez que se duplicaban la población y el consumo. En cada ciclo también se ampliaba el número de instituciones que podían acceder directamente al agua del lago y poco a poco se fue sofisticando un sistema de cuotas para diferentes tipos de personas: los muy mayores, los menores, los que lo podían pagar…

Seis ciclos después del año en el que todo empezó, Río Frío tenía más habitantes que nunca que consumían más agua per capita y total que nunca. Cuando llegaron a la fase de escasez del siguiente ciclo hacía ya años que de la vida del pueblo solo quedaba el rastro que dejaban las más mayores cuando, en un ejercicio de inútil nostalgia y lucidez, se sentaban en lo que quedaba de plaza viendo pasar a la gente con sus garrafas, y decían: “esto no va a durar mucho”.

Algunos empresarios pagaban una tasa municipal sistemáticamente llevándose siempre 2 garrafas más que el resto. Incluso las familias más pobres ofrecían algunos de sus hijos menores para recoger agua para familias con más recursos cuyas cuotas estuvieran agotadas. Eran las estrategias adaptativas a una escasez de agua que se repetía. Algunas no eran ilegales, pero cuando el calor sofocaba parecían menos legítimas y los vecinos se referían a ellas como privilegios. Otras no eran legales y tampoco parecían muy legitimas y las llamaban corrupción. Cuando se superaba el año 5 de cada ciclo estas dos palabras: corrupción y privilegios, se empezaban a usar más y más a menudo para desaparecer justo después de cada obra de ampliación.

El equipo de expertas de la Concejalía de Obras Públicas estaba preparando el nuevo proyecto de ampliación y se dirigía al borde del lago donde estaba el inicio de la canalización y la tubería. Por una vez se sorprendieron. El nivel del lago era muy bajo. Al acercarse más vieron la boca de la tubería y al lado opuesto del lago uno de sus afluentes principales. Al compararlos sonrieron con suficiencia: la tubería era más grande, simétrica, más cargada de agua y más potente. De curvas perfectas, de superficie uniforme. Mejor hecha. El afluente parecía un brazo roto, inerte, deforme, por el que el agua solo se dejaba caer, sin nada de majestuosidad, llana… Esto les satisfizo. Pero había una consecuencia muy lógica que extrajeron sin dificultad: el agua salía del lago más rápido, mucho más rápido de lo que entraba. Un escalofrío. Duplicar una vez más el tamaño de la tubería sería desastroso y a la vez inútil. Se acercaron un poco más. Su semblante cambió de la sorpresa a la preocupación y luego a la indignación: al haber bajado el nivel del agua habían quedado al descubierto un par de tuberías subterráneas que nunca habían sido autorizadas. El escalofío cesó.

De inmediato volvieron al pueblo. De inmediato también se iniciaron las investigaciones, se taponaron esas tuberías y se excavó siguiéndolas para ver donde llegaban. Una de ellas desembocaba en un deposito subterráneo de la casa del responsable de planificación del ayuntamiento, la segunda a un deposito similar de un empresario vinculado familiarmente al primero. El primero se quitó la vida cuando las excavaciones se acercaban a su casa muy poco después de que el segundo desapareciera verdaderamente sin dejar un solo rastro.

El escarnio fue total y se culpó a esos dos sujetos de la escasez de agua. Maldita corrupción. Técnicamente era fácil determinar la irrelevancia de la extracción ilegal de agua en términos globales, pero el hecho de que el diámetro de sus tuberías fuera solo una fracción de la más pequeña de las tuberías legales no impidió que se usara este caso como una expiación de todo: corrupción y privilegios, decían con frustración.

La herida estaba abierta. Se les culpó de la necesidad de las obras, de los gastos (que ya no parecían inversiones). El tema se apoderó de todas las conversaciones. Las parejas e hijos de las personas afectadas fueron investigadas a fondo. En la Concejalía de Planificación se descubrieron contratos amañados, facturas sin IVA y otras ilegalidades de diferente relevancia. Repetían como un mantra que casi les hacía sentir mejor: corrupción y privilegios.

Las nuevas obras nunca llegaron, todas las fuerzas se diluyeron culpando a los nuevos vecinos, a los que decidieron hacer una segunda fuente en lugar de ampliar la primera, a las arquitectas, a los técnicos, al aumento de la población, a su posterior declive, al nuevo alcalde y al anterior, a las mujeres, a los hombres… en un ambiente enrarecido por el odio que fue tan perenne como la escasez. Y nadie, nadie quiso ver que todo el debate era inútil, irrelevante, que ese no era el problema.

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